La Ley del Deporte

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SURFISTA Y EMPRESARIO FERNANDO AGUERRE EN «LA LEY DEL DEPORTE»

Fernando Aguerre se crio en Mar del Plata, pasando sus días entre las olas junto a su hermano y las tablas. Pero no solo tiene espíritu deportista, también es un tremendo emprendedor.

Surfear es su mayor habilidad, no solo las olas del mar, también el mundo empresarial, el se paró sobre la tabla volviéndose un emprendedor, emigró, se hizo millonario, y eligió regresar a la Argentina para seguir surfeando la vida. 

El es un ícono dentro del mundo surfer. En el verano de 1978 organizó un torneo en el Torreón del Monje en plena dictadura militar cuando, en algunas playas, estaba prohibida su práctica. Al año siguiente fundó la primera asociación de surf y levantó la persiana de la tienda surfera «Ala Moana» junto a su hermano y su madre, Norma.

Pasaron casi tres décadas desde que Fernando y Santiago Aguerre cerraron Ala Moana. La tienda, inaugurada en 1979 en una galería en Mar del Plata, vendían indumentaria relacionada con la cultura surf y accesorios para practicar ese deporte.

En el medio, crearon y vendieron «Reef», emprendimiento que nació como una marca de ojotas de goma que ellos mismos habían diseñado. Y luego vistieron «a todo el mundo» con mallas, remeras, buzos, camperas, zapatillas, pantalones y gorros.

Creó una empresa que vendió en millones de dólares, fue un dirigente olímpico, y hoy abre locales de gastronomía y surf en nuestro país. Bienvenido Fernando Aguerre a «La Ley del Deporte»:

«Estoy muy contento de poder estar en mi país y haciendo cosas que me gustan. Desde chico hacía cosas para pagarme mis gastos, plantábamos rabanitos en un baldío cerca de casa, o armábamos frascos para hacer burbujas de jabón. A los 11 años, cuando ya surfeábamos, detectamos el problema de lo que significaba mandar a reparar las tablas (en esa época no existía la «pita», que es la cuerda que mantiene a la tabla atada al surfista), porque era caro y demoraba una semana, como mínimo. Y se rompían seguido, porque la tabla se te iba y golpeaba contra las rocas».

«Por eso montamos un taller para reparar nuestras propias tablas, y el trabajo fue tan bueno que pronto había fila frente al lugar para solicitar nuestro servicio. Lo hacíamos en el garaje, con dos caballetes. Y cuando empezó a crecer la demanda, mi papá nos financió una lija industrial, ya que hasta ahí hacíamos todo a mano, que se la pudimos pagar antes de que termine ese verano».

«Ese primer trabajo nos permitió dejar de compartir la tabla y tener una cada uno. Pero, todo cambió cuando se empezaron a vender las pitas: las tablas ya no se rompían tanto, y había que dar un «giro de volante».

«En ese momento empezamos a fabricar nosotros las pitas, organizábamos fiestas, éramos DJ y a los 20 ya estábamos abriendo el primer local de Ala Moana (significa camino que te lleva al mar). Fabricábamos ropa, parafinas, ojotas. Cuatro años después estábamos migrando y habíamos fundado «Reef». Llegamos a los Estados Unidos sin hablar inglés».

Ala Moana llegó a Palermo, un local que está 100% impregnado por la cultura del surf

«Esta fue una etapa de gran crecimiento, imponiendo la cultura del surf en el mundo laboral (por ejemplo, si había olas, el que llegaba con el traje de neopreno mojado a la oficina tenía permitido entrar una hora más tarde), el disfrute estaba por encima, porque así uno se vuelve más creativo y productivo».

«Pero tanto crecimiento hizo que nosotros, los hermanos, nos replanteáramos qué queríamos hacer. Fue ahí que vendimos Reef en millones de dólares y volvimos a la Argentina. Además, soy papá de trillizos y quería que estuvieran cerca de sus raíces. Siento una obligación moral por devolver todo lo que me dio el surf».

«Entonces, al tiempo que habría un nuevo Ala Moana en Mar del Plata, ingresé como directivo en la Asociación Internacional de Surf, donde llegue a ser presidente y logre con mi comisión, que el surf se volviera un deporte Olímpico».

Fernando dice que el surf lo sacó de un comportamiento retraído y lo llevó al otro extremo: se volvió un personaje vivaz, jovial, comprador

«Con el surf me di cuenta de que podía vivir en cualquier lugar del mundo, pero cada vez que me iba de la Argentina sentía pena. A mí me gusta armar comunidades, y los surfistas no tenemos clubes, porque andamos en la playa, entonces los Ala Moana son eso, un lugar donde reunirnos».

«Lo mío es todo intuición: probar, errar y volver a probar. En los negocios, es como en el surf, siempre hay una nueva ola a la que uno puede subirse».

Fernando Aguerre en los Juegos Olímpicos de Tokyo.

«Antes, donde había 20 surfistas, hoy hay 40. Donde había 50, hay 100. Mar del Plata, además de ser una ciudad hermosa, es la Capital argentina del Surf y cada día se nota más. Cuando uno desanda el camino que recorre la costa de la ciudad, observa muchas tablas arriba y dentro de los vehículos. Se nota un crecimiento exponencial de las personas que hay en las decenas de spots con buenas rompientes que ofrecen las playas, desde Constitución hasta Miramar, pasando por la ascendente Chapadmalal».

«No hay un surfista promedio, un estereotipo como el mito podría sugerir. En el agua se ven personas de todo tipo: hombre, mujeres, grandes y chicos. Está claro que la pasión del surf se ha metido en el cuerpo de muchos. En la playa estamos, por un lado, los surfistas y, por el otro, el resto de la gente a la que le encantaría poder surfear”.

«Porque el surf no solamente es un deporte, también es una actividad y un estilo de vida. Que no tiene que ver solo con cómo te vestís o qué aspecto tenés, sino con lo que te hacen las olas en el cuerpo, la mente y el alma».

«Ir a surfear te cambia: salís del agua y no sabés qué pasó… Por años pareció que esta sensación era parte de una charla de fanáticos surfistas, pero ahora ya hay estudios, que recetan al surf para enfermedades o problemas, como el autismo, el vértigo, el miedo, la falta de confianza y hasta para gente que estuvo en situaciones traumáticas, como los ex combatientes de guerra».

«Esto no es del todo nuevo, hace 100 años la gente iba a darse baños de mar y, por caso, sabíamos que las sales del mar cicatrizaban heridas. Pero hoy tenemos claro que esas propiedades curativas van más allá del cuerpo, entendemos mejor por qué la gente va al mar. Allí hay algo que atrae, que hace que las personas vayan a jugar con las olas. El jugar es bueno, imagínate en un ámbito curativo… Por eso el surf crece tanto».

«Mirá, si bien la gran mayoría de los surfistas no compite en campeonatos, su realización populariza y visualiza el deporte. Es una larga remada, desde aquellos primeros torneos que organicé a fines de 1978 en Mar del Plata hasta esta la llegada a los Panamericanos y a los Juegos Olímpicos. Todo ayudó a popularizar el deporte. Estos logros para mí nunca fueron un fin en sí mismo, sino un medio para que las personas entiendan lo vital de tener un mar sano. Mi esperanza es que sirve para que las comunidades entiendan que hay que dejar de tratar a los océanos como un basurero. Esto debe parar, porque si se acaba el mar, también nos acabamos nosotros».

LA LEY DEL DEPORTE

 

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