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LA MASCARA DEL EGO (CHARLAS DE PREVENCIÓN DE ADICCIONES CONCORDIA)

En mis primeros años uno escondía un chico que se creía inhábil, inseguro, nervioso, perdido, miedoso, y que necesitaba afecto y validación. Me escondía tanto en mis divagaciones mentales, fuente inagotable de mi infelicidad, que en ciertos periodos ya tenía como diez tics nerviosos.

Y era «pura imagen». Tanto use esa máscara de «chico malo» o de que «estaba pasándola bien», que ya no supe quién era. Ni que pensaba, ni que sentía, ni que necesitaba, ni que quería. No hablaba de mis miedos, inseguridades, ira, fobias, complejos, defectos, dolores, inestabilidad mental, frustraciones, ni prejuicios.

No comunicaba, quizás, para que no me digan «con todo lo que hice por vos», «con todas las posibilidades que tenés», «no seas sonso», «no tengas miedo», «eso te pasa por…», etc. Como me sentía ignorado y un poco atacado, decidía «guardarme», y actuar ese malestar.

Entonces prefería que me vean como a un «payaso con pasta de campeón», que viajaba, nadaba, futbolizaba, surfeaba, cocinaba, comía, bebía, y se drogaba. Pero me abrías al medio y encontrabas angustia, desconexión, miedos, desconfianza, soledad, tristeza, desmotivación, inseguridad, insatisfacción, vergüenza, y hasta terror a enfrentar y no poder ganarle a la vida.

Muchas veces somos unos «caretas» porque fingimos ser una persona que no somos. Escondemos nuestro mundo interior y real, mostramos un personaje creyendo que nos va a salvar de mayores males, y con el tiempo nos va a ir comiendo el verdadero yo, y vivo. Vas tapando al auténtico e imperfecto humano. Y no podemos controlar ese «yo falso». Simplemente, viene y se apodera de nosotros automáticamente.

Es la «máscara del ego», que llevamos atada al pescuezo, día a día, por no animarnos a ser como realmente somos. Es un personaje tan bien elaborado, que incluso hasta nosotros mismos lo creemos. No solo nos ponemos la máscara con los demás, sino que también con nosotros mismos. Tristemente, nos desconectamos hasta de la persona más cercana que tenemos: nosotros mismos.

Todos, en mayor o menor medida, representamos y actuamos algún papel. Pero si no somos conscientes, con el tiempo, y con conductas y consumos problemáticos, lo potenciamos a niveles intolerables, hasta ridiculizarnos y dar lástima. No se puede hacer de otro toda la vida.

La construcción de nuestro personaje, se forja en nuestra infancia, y adolescencia, de forma inconsciente, para agradar, por miedo a las «agreteadas», como mecanismo de defensa para no mostrarnos débiles, vulnerables, y defectuosos. Y esa máscara nos esconde, nos desconecta, nos aprieta, nos ahoga, y finalmente desconstruye. Se queda pegada y no nos deja ejercer nuestro «yo verdadero».

Nos escondemos en la «mascara del ego» para que nos miren, nos quieran, y nos tengan en cuenta. Cada máscara la construimos para que los demás vean lo que queremos, o para no dejar ver lo que no nos gusta de nosotros. Tratamos de ser queridos, admirados y contenidos. Quién no, pero «teatralizando», y así le erramos.

La máscara del ego es una protección que nos ponemos para que no vean nuestros «puntos flacos», y por ende quienes somos realmente. Nos cerramos y callamos. Evitando que tomen contacto con nuestro auténtico yo, con nuestro auténtico ser.

Porque tolerar la frustración de que nos «descubran» y no satisfagamos a la comunidad, no es tan fácil. Es entonces cuando, nuestro personaje, se desvive por manipular a todos, e intenta calmar nuestras necesidades de amor y conservación.

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Hay que practicar hablar humildemente de nuestros problemas, pensamientos, emociones, salud mental, y dolores. Pero en serio. Mostrarnos débiles, vulnerables y humanos genera atracción y empatía en los demás, de eso gusta la gente.

El personaje solo despierta risas y anécdotas, aplauden la ocurrencia, nuestras fantochadas, pero nadie nos va a poder ayudar, ya que no los empujamos a pensar en que lo necesitamos. Y si agreteo, me aíslo. Porque nadie quiere sentirse increpado ni denigrado.

Cuando somos conscientes de nuestro personaje, podremos deshacernos de nuestra manipulación. Si logramos ver con claridad a que estamos «jugando», recién estaríamos habilitados a empezar a dejar caer esa armadura, para conocernos, querernos, aceptarnos, hacernos conocer sin maquillajes, y finalmente ser libres. Hay que ser reales, con miedos, defectos, complejos, frustraciones, tristezas, etc. No se pongan el disfraz de «Super Man», que es quedarse solos y perdidos.

Pensamos que la máscara que llevamos puesta nos protege, nos llevara al éxito, pero en realidad nos hace ser falsos y manipuladores, nos aísla en busca de cariño, aunque suene ilógico. Encima de eso, no podemos controlar a la gente, es una falsa ilusión, cuando buscamos seducir, manipular, teatralizar, siendo algún otro.

El miedo es que si nos quitamos la máscara, nos va a volver más frágiles y vulnerables, pero en realidad es todo lo contrario. La máscara nos aumenta el sufrimiento, porque no podemos mostrar nuestro auténtico yo. Y quedamos preso del «El Lobo Feroz».

Llevar la careta puesta, no nos hace más fuertes, nos hace más débiles y sufrientes. Nos empequeñece. Nada nos puede evitar el dolor en la vida. La vida tiene dolor, pero también alegrías, y satisfacción. Sentir no nos va a matar, actuar o los consumos problemáticos, que son «mascaras del ego»…sí.

Quitarnos la máscara no es un acto que podamos decidir fácilmente, sino que es el resultado de un proceso profundo de autoconocimiento y transformación. Una vez que hemos descubierto cuál es nuestro personaje, y cuál es nuestra máscara, ya nada vuelve a ser igual. El personaje entra en crisis y es combatido por el yo verdadero. Que quiere expresarse y mostrarse.

Es importante no identificarnos con esa construcción, saber que es una parte de nosotros, pero no somos nosotros. Somos mucho más abarcativos, que eso. Eso es solo una parte.

El cambio y la transformación se producen cuando no alimentamos al personaje, sino que nos podemos quitar la coraza, y satisfacer nuestras propias necesidades, expresar nuestros sentimientos, experimentar la angustia genuina, sin vivir actuar un rol, sin el teatro diario, y poder ser nosotros mismos. 

Meditando, aceptando cómo somos, no identificándonos con la máscara, saber que no es algo permanente, teniendo esperanzas que lo vamos a lograr, valorándonos, escribiendo lo que nos pasa, hablando, viviendo el aquí y ahora, cambiando la vista del punto, y mostrarnos como seres libres de máscaras, es cuando podremos ser más coherentes con nosotros mismo, y dejar de fingir algo que no somos, ni nos hace nada bien.

Les dejo las palabras de un filósofo que seguramente sumarán: “Sé como vos sos, de manera que puedas ver quién eres y cómo eres. Deja, por unos momentos, lo que debes hacer y descubre lo que realmente haces. Arriesga un poco y sentí tus propios sentimientos. Decí tus propias palabras. Reflexioná tus propios pensamientos. Descubrite. Y deja que el plan para vos, surja desde adentro tuyo.”

CHARLAS DE PREVENCIÓN DE ADICCIONES CONCORDIA

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