La Ley del Deporte

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¿QUIÉN FUE EL BOXEADOR CÉSAR «LA BESTIA» ROMERO?

El hombre de los tatuajes: el águila que se desplegaba en el pecho. Tenía 32 y hasta se había hecho uno en el pene

César Abel Romero nació en enero del 55 y se crio en Merlo, provincia de Buenos Aires, lo que se conoce como conurbano bonaerense. Era hijo de Servando y Antonia, y tenía seis hermanos. Atravesó distintas etapas, desde hacerse en la calle, trompearse con cualquiera, y andar con no tan buenas compañías.

Ya promediando los sesenta era reconocido en el barrio por ser irascible, pendenciero, y el más malo del oeste. Era un gigantón de 1,85 m a los 11, 12 años. Todo servía a la hora de llevar plata a la casa. Empezó con los amigos del barrio a robar cobre y bronce de las puertas de las casas, de un viejo depósito de trenes en desuso. Casi como un divertimento. Que le abrió las puertas a otra clase de atracos: un día entró en un kiosco y se llevó unas golosinas y unas gaseosas poniendo cara de malo. Semanas más tarde, la bandita directamente fue por la plata.

Le siguieron los viejos almacenes de barrio, algunas mini empresas. Hasta transeúntes o parejas que eran sorprendidas de noche a punta de pistola. Levantaron autos para desguace. El hábito, malo, no tenía freno. Empezó como gracia y siguió como forma de vida. Hicieron abuso y se convirtió en una adicción. Adicción al robo. 

Paralelamente, César Romero empezó a tener entradas en las comisarías. En la primera de ellas, a los 11, puso knock-out a una persona que le estaba impidiendo la entrada en un local donde los lugareños se juntaban a jugar al billar. Pasó tres días en una celda de la seccional. 

A los 17, lo detuvieron por un robo a un depósito de quesos y su transitar ya fue por los penales de Villa Devoto, Olmos y Mercedes. Cinco años y medio que lo marcaron fuertemente. Era rudo, algunas veces terminaba con el tabique nasal fracturado, pero en la jerga era conocido como “La Bestia”. Se la bancaba. Los reclusos sabían que “El César” era duro de mentón y que tenía una mano derecha pesada. 

En la cárcel, donde estuvo cinco años y medio, profundizó su afición por los tatuajes. En total llegó a hacerse 32, el más significativo en el pecho: un águila que parecía desplegar sus alas cuando abría los brazos. 

Salió de prisión allá por marzo de 1978. Apenas volvió a su casa, le hizo una promesa a doña Antonia. «Nunca más, vieja. A la cárcel nunca más, antes de volver prefiero que me agarre la policía y me mate en la calle». Con un antecedente cercano: dos de sus hermanos, Miguel Ángel y Jorge Antonio, habían muerto al tirotearse con la policía. Y un tercero, José Luis, ya cumplía condena.

Muchas veces, el deporte sirvió como plataforma de reinserción en la sociedad. Vía de escape, y una forma de reordenarse. El boxeo tendió su mano para reencauzar caminos transitados en medio de las tinieblas. Y a él se aferró Romero en ese instante crucial. Era junio del 78, para César Romero, comenzaba un nuevo capítulo de su vida a los 23.

Como amateur, realizó 33 peleas, de las cuales triunfó en 31, con mayoría de definiciones rápidas: 29 por KO. Ha sido rival del concordiense «El Flaco» Nievas. También sufrió dos derrotas. Pero el balance fue altamente satisfactorio. Y confirmó el poderío de su mano derecha: un cañón. Si el tema era hacer plata, “La Bestia” encontraba una manera más que tentadora: ser profesional.

Y en un ámbito distinto: la ciudad de Pergamino, donde se había radicado y también, el lugar donde encontró a su amor: Alejandra. Con ella sería padre de los mellizos Mario César y Jorge Abel.

Precisamente en Pergamino disputaría su primer combate como profesional, el 20 de marzo de 1981: venció por puntos a Víctor Robledo. Pasó por Nueve de Julio, Mar del Plata, Paraná, Mar del Ajó, Trelew. De las 14 primeras peleas, ganó 8 (4 KO), perdió 3 y empató las 3 restantes. Dos de las tres derrotas fueron en el Luna Park.

Por ese entonces, Juan Carlos Tito Lectoure, el gran manager del boxeo argentino y alma mater del Luna, lo miraba de reojo. Acostumbrado a conducir grandes campeones, “La Bestia” no le cerraba. Lo veía “limitado”. Era muy duro, muy torpe, pero un tipo fortísimo.

A fines de mayo de 1983, un allegado le dijo al promotor: «Tito, hay un muchacho, «Romerito», semipesado. Me lo ofrecen para pelear en el Luna. Estaba pensando si no era una buena alternativa para completar la preparación del uruguayo José María Flores Burlón». 

Quien estaba por pelear por el título mundial con el estadounidense y campeón local de los semipesados, Michael Spinks. Hermano de León Spinks, ex rival de Muhammad Ali, y años más tarde oponente por solo 90 segundos de Mike Tyson.

En las oficinas del Luna se consideraba “un pleito sin equivalencias”. ¿Qué mejor que un novato para entrar en ritmo?, fue la reflexión de los expertos. Flores Burlón ya tenía firmado el contrato para enfrentar a Spinks por 700.000 dólares de bolsa.

El 30 de julio del 83, en un Luna Park a pleno, “La Bestia” Romero, que era conducido por Carlos Martinetti, embocó un derechazo en el segundo round que puso KO a Flores Burlón. Que obviamente nunca llegó a pelear con Michael Spinks.

César Romero tomó, entonces, otra dimensión. Desde ese triunfo rotundo frente a Flores Burlón hasta marzo de 1984 hizo cinco combates más: todas victorias, y por la vía categórica. Había nacido una bestia. 

El 9 de junio de 1984, tuvo el “último test” de calidad: en el Luna Park ante el experimentado paraguayo Juan Carlos Giménez. ¡Un peleón! Diez asaltos en los que la gente, que había llenado el estadio, mostraba su debilidad por la nueva cara del boxeo. “El Tatuado”, “La Bestia” ganó por puntos y Lectoure se convenció de que algo podría hacer por ese muchacho de adolescencia conflictiva, con paso por prisiones, pero que estaba ganando la pelea más importante de su vida.

Jamás podría imaginarse que a los 29 estaría caminando por Montecarlo, la ciudad del jet set, de los millones, de la F.1, y del glamour. Fue con «Martillo» Roldán, que también peleaba ahi, su hermano, y una banda amiga del barrio. Él no tenía nada que ver con esa atmósfera. Pero le daría la gran oportunidad de su vida. 

El 14 de julio de 1984 era la cita. Había que viajar en dos semanas para Europa y el rival era nada menos que el venezolano Fulgencio Obelmejías. Otro nivel. Una pelea eliminatoria para después llegar a Spinks. Sí, al rival que tenía ya organizado su encuentro con Flores Burlón.  

Llegó la pelea. Romero fue una sombra. No sacó una mano en toda la pelea. Tito se volvió loco. Puteaba en todos los idiomas. Ya que Cesar estaba en otra cosa. 

Obelmejías, que tiempo más tarde sería campeón mundial de los supermedianos, le ganó claramente por puntos y Romero vio esfumarse así la posibilidad de enfrentar a Spinks por una bolsa de… ¡Un millón de dólares! 

Volvieron todos a la Argentina el lunes 16 de julio. Durante los días siguientes se reunía con Saúl Mario, con el «Cabezón» Rodríguez y con Centurión. Había «fecha», pero advirtió: “Es la despedida, ¿eh?”.

A las 7 de la mañana del lunes 23 de julio, es decir, nueve días después de la pelea en Montecarlo, César y Saúl Romero pasaron a buscar al «Cabezón» Daniel Rodríguez por su casa de Merlo, supuestamente para ir a arreglar un auto. Lejos de ir a un taller, abordaron el Dodge 1500 de Saúl Mario, pasaron a buscar a Centurión y en el camino robaron a Carmelo Affatato: se llevaron un VW Gacel para otros cuatro cómplices que oficiarían de campanas.

Los Romero, Rodríguez y Centurión estaban fuertemente armados: una escopeta Itaca, pistolas 9 mm y 45, revólveres calibre 32 y 38, un fusil Winchester y un pistolón. Llegaron a las oficinas de la empresa Autotransporte La Plata, en Villa Madero. Usaron pelucas y anteojos espejados para ocultar sus rostros. Se llevaron unos 2,5 millones de pesos argentinos de esos tiempos. Re jugados. 

Las tapas de los diarios impactaron con la noticia del caso Romero

Lejos de darse por satisfechos, continuaron con “la despedida”. El siguiente objetivo fue la empresa de Automotores Almafuerte, en Isidro Casanova. El plan era tomar las recaudaciones del fin de semana, pero un camión de caudales ya había pasado por el lugar y se llevó lo recaudado. Quedaron apenas 40.000 pesos argentinos. Pero no sería lo peor que les iba a pasar esa jornada a la banda.

El dueño del VW Gacel robado había hecho la denuncia en la comisaría de Isidro Casanova y los venían monitoreando. En dos móviles, el comisario Alcántara y nueve efectivos arribaron al lugar donde se estaba cometiendo el segundo atraco. También la yuta fue fuertemente armada. 

Eran cerca de las 11. Desde el interior, por uno de los ventanales, “La Bestia” advirtió la llegada de los policías. Y les gritó a sus cómplices: “Muchachos, agarren los fierros, porque si no acá nos matan a todos”.

"La Bestia" Romero, abatido en el asalto del 23 de julio de 1984: nueve días antes había peleado en Montecarlo

Según los vecinos, la lluvia de balas se extendió por 40 minutos. Se dieron como en la guerra. Hasta que el fuego cesó. “La Bestia” Romero recibió 8 impactos de bala y apareció tirado en un jardín interno, con el fusil al lado de su cuerpo. Lucía unas zapatillas blancas recién estrenadas que habían sido parte de la indumentaria recibida para la pelea con Obelmejías. Tenía apenas 29 años. Su hermano Saúl, el «Cabezón» Rodríguez y Carlos María Centurión también murieron en el tiroteo.

“La Bestia” Romero vivió su propia película con un desenlace previsible. El peor nocaut. Uno de los 32 tatuajes, que tenía en el antebrazo izquierdo, decía “Vieja, nunca más”. Que significaba que no iba a volver a la cárcel, y que antes de eso, como le había dicho, prefería que lo mate la policía. Eso le prometió a su vieja y le cumplió. 

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