TRIATLETA MARTÍN «EL PÍN» ANGAROLA EN LA LEY DEL DEPORTE» (10/7/21)

El invitado a contar su historia hoy es uno negro, alto, musculoso, rapado y voluminoso, el grandote que trabaja en Pura Cepa. Es difícil para el pasar inadvertido. Se asemeja más a un rugbier o a un patovica que a un triatleta. Nunca parece estar muy alegre ni muy triste, ni muy cansado ni muy sobrado. ¿Que hay adentro de su «mundo interno»?

Tras muchos años de ausencia y con cuarenta y tantos años, volvió a competir en el triatlón temporada 20-21. Y consiguió estar cerca de la punta, a pesar de un trabajo doble turno de seis días, y de formar una familia con su compañera quién también ha tenido horario de comercio y al pequeño Alejo. ¿Como hizo para entrenar con tan poco tiempo disponible por día, y sin embargo ser uno de los más fuertes de este verano?

El hombre de pasado de mountain biker, nadador, arquero, tenista, karateca, y pedetrista, concretó esta temporada hacer muy bien las tres disciplinas en un deporte cada día más popular y competitivo. Es el que tira todo el año en la pileta a los «vividores» de atrás, el que «pechea» el viento en el pelotón de la bici para el beneficio de «los siempre dispuestos a chuparle la rueda»», y es también el que va al frente y marca el ritmo en las sesiones de pedestrismo. ¿Qué sería del entusiasta equipo de Natación del Club Hípico y del batallador Palomo Running Team sin su intimidante presencia? ¡Condenados al desamparo deberían mandarle un cheque para que regrese! Su aporte es invaluable. Bienvenido Martín «El Grandote» Angarola a «La Ley del Deporte»:

«Hola, Lobito, gracias por la invitación. Nosotros somos de calle Echague entre Juan B Justo y San Juan, barrio la Terminal. Soy el tercero de siete hermanos. Mi viejo, Ricardo»Catrasca» Angarola, era futbolista y tenía una tómbola con fotocopiadora, y mi mamá, María Elena «Manena» Pierrestegui, era docente de Biología, después fue maestra en la escuela Normal. Ellos nos incentivaban a hacer deportes. Jugué al futbol en Salto Grande con Martín Moreno donde nosotros dos nos conocimos, hice tenis con «Cacho» Gómez, karate con «Canacho» Humere, luego jugué en Estudiantes con «Cacho» Osuna ya en el campo de juego».

«Mi abuelo, Juan Pedro Pierrestegui, hermano del Comodoro Pierrestegui, fue quién me enseño a manejar, a nadar su quinta atrás del Aeroclub, por la ruta 015. Y en el Regatas, el era remero y nadador, mi tío y mi mamá también. Íbamos al Pontón y teníamos mucha actividad acuática. De mañana a la colonia de vacaciones conducida por «El Pollo» Alvez y «Ruli» Estcher. Ellos reclutaban nadadores para la pileta y me dijeron para ir al plantel».

«En mi barrio jugábamos todo el día en los campitos. Carlos Franchi, a quien le gustaba el Mountain Bike, se muda y nos hicimos muy amigos. Ya queríamos la bicicleta, entrenar, correr. Andábamos en el circuito de «El Chino» López que estaba en el Lago, competíamos en el circuito entrerriano. No era de punta, pero andaba bien. Hasta que un día entran a casa y me roban la bicicleta, nunca apareció, no había para otra, y así fue como se terminó el Mountainbike para mí…».

«Un día estando yo en cuarto año de la secundaria, conocí a Mariano Lorefice por Omar Dodero, quien viajaba por toda Argentina desde Usuahia a La Quiaca haciendo triatlón, me inspiro mucho su historia. Caigo a Swimming de calle Bolivia con diecisiete años para empezar triatlón con «El Pollo», me entrenaba en las tres disciplinas. Hasta el día de hoy tengo los cuadernos que le dejaba los viernes y buscaba los lunes con todo el trabajo escrito de la semana».

«Iba a la escuela Normal, comía algo liviano y me iba a nadar a la siesta. A media tarde o tardecita salía a pedalear o a correr. Existía un circuito de cinco fechas sin drafting: tres olímpicos y dos shorts. Viajábamos con el papa de Omar Dodero o con el mío»

«Mi idea era irme a estudiar Educación Física al Cenard, pero no teníamos los recursos para solventar los gastos. Entonces empezamos acá en Concordia. Tuve que dejar el triatlón porque la bici te lleva mucho tiempo, pero nadaba y hacía pedetrismo. En el instituto me fue bien los primeros tres años, hice el curso de guardavidas, luego me trabe con unas materias mientras trabajaba, cambiaron los planes educativos, y fue como que perdí un año, entonces no dio para terminar».

«Empece trabajando en la playa de Nueva Escocia un primero de enero. Casi me muero, lleno de gente, yo solo, sin boyados ni ayuda… Acá no había lugar, además allá me ofrecieron pagarme en pesos en la época de los federales, paraba en una pensión, una señora me cocinaba, así que joya, con tal de trabajar… Estaba de 11 a 19 hs. Tenía un margen para correr o nadar de mañana. Otros veranos fui a los Sauces, cuando laburaba en el lago, de mañana frenábamos para comprar el desayuno y el almuerzo en Villa Zorraquín, le dejaba la mochila a algún compañero de trabajo y me iba corriendo hasta allá».

«En el instituto conocí a Carlitos Regner. Vuelvo y me entrena él. El primer año solo con chicos como «El Tito» Canals y algunos más. En esas cruzadas de ruta me encuentro con Juan Martín Elordi y le digo que se venga conmigo, el no quería porque estaba con «El Carly» Sbresso hacía un tiempo, pero atendía el gimnasio no le daba «mucha bolilla», le sugerí que hable con el, que iba a entender, y así fue como empezamos juntos. Hasta el pedetrismo bien, luego «a pata» me sacaba mucha diferencia, «El Enano» corría muy rápido».

«El última meta era el Medio Iron Man de Concordia y salió muy linda (4 horas con 40 minutos). Al mes nos enteramos de que Ivana estaba embarazada. Haciendo cuentas iba a estar en el medio de la temporada con una panza inmensa entonces decidí dejar, si corría iba a encontrar el candado en la puerta…».

«Laburaba de preceptor en la Bachillerato Humanista y en verano de guardavidas. Después de cinco años vuelvo de vacaciones y me encuentro con que no tenía más trabajo… A los quince días mi hermana, que era conocida de Agustín Marx el dueño de la vinoteca Pura Cepa, le dice que yo andaba buscando y me dio la oportunidad. Hace doce años que estoy y no me puedo quejar. Empece en calle Pelegrini con un gran equipo de trabajo. Agustín es más un amigo que un jefe, la diferencia entre patrón y empleado casi no existe. Si necesitamos algo podemos contar con el y si el necesita algo puede contar con nosotros. Y, como es un horario de comercio y cerramos a la siesta, me permite entrenar al mediodía».

Su mujer Ivana «La Negra» Romero es nacida, criada, y desarrollada en el popular barrio Almirante Brown, lo lleva en la sangre. Dice que de ahí la van a sacar con «las patas para adelante». Ha seguido a Santa María a donde juegue, emocionada con la «Santa Murga» siempre:

«Estábamos viendo la posibilidad de comprar nuestra casa y por lo que podíamos había en barrio Parque o más alejados. Queríamos un crédito para ver que posibilidades había, por suerte se vendía una casa a media cuadra de lo de «La Negra» y mi suegro nos prestó, así que la compramos y de a poco la fuimos mejorando».

«Corrimos acuatlones que son familiares. Hicimos toda la temporada juntos haciendo posta. Yo nadaba e Ivana corría. Después de la última fecha se va a trabajar y comienza con unos dolores en el pecho… Terminamos en el Sanatorio. Le hicieron un electro, vieron algo mal, volvieron a consultar, lo mismo… A terapia intensiva sin saber que tenía… Durante cuatro días el cardiólogo no pudo ver que porque era obligación de otro, cosas de médicos… Mi tío, que trabaja en el Entrerriano de Parana, nos consiguió un lugar ahí. Nos enteramos de que se le había desprendido el interior de una arteria del corazón. Al otro día ya tenía el estén puesto, y normalizada. Ahora puede hacer recreativamente actividad, pero ya no en un nivel intenso».

«A raíz de esto a Ivana le había quedado un coágulo y tuvo que tomar anticoagulantes. Nos costó mucho que llegue Alejito, «llamamos varias veces a la cigüeña». Le tuvieron que inyectar durante los ocho meses de embarazo Epalina, que es un anticoagulante y no afecta el feto. Viajaba a Parana a hacerse controles con el cardiólogo, acá también. A los ocho meses, en pleno enero, hubo que hacer Cesaria. Cuando nace hizo neumotórax en un pulmón, se lo llevaron a la campana con oxígeno, hubo que hacerle drenaje, viene la pediatra y nos dice que hizo neumotórax en el otro… Estuvo doce días en terapia intensiva. Fueron días muy difíciles. Gracias a dios había nacido con tres kilos y pudo aguantar muy bien todo. Hoy, salvo las cicatrices, vive una vida normal».

«En invierno nadábamos en el Hotel San Carlos y en verano en el club Hípico, con Matías Penco. Compitiendo en el Circuito del Río Uruguay, en el Paraná, en el mar… Hace cinco años que corro con «El Palomo», haciendo carreras de cross country, en los Esteros del Ibera, en Piedras Blancas cerca de La Paz, es una ultra maratón de 50 kilómetros».

«En Pandemia no podíamos hacer nada. Le saque el polvillo a la bici después de doce años, conseguí un rodillo y le dije a «Palomo» que me dé una rutina de una hora y cuarto como mucho. Ahí empezó a «picarme el bichito» del triatlón. Cuando se liberó la ruta no arranque de cero. Me costo menos. Y la verdad es que agarre ritmo rapidísimo».

«No pensaba que iba a andar tan bien. En la primer fecha en Federación me sorprendí. Ahora se puede hacer Drafting y especular, pero a mí no me gusta mucho eso, trato de buscar mi ritmo, de imponer mi andar y tratar de no «caerme».

«Me encantaría hacer un Iron Man, pero lleva mucho tiempo de entrenamiento. Con un Medio me conformo. Estaría bueno hacer un viaje tipo vacaciones con amigos y correr en Brasil como estuvimos hablando con el grupo. Eso sería excelente y ya nos estamos ilusionando».

Acá nos visitó un ex triatleta que por la Pandemia hizo bici fija, cuando pudo troto, luego nado, y finalmente soñó con correr triatlón. Y en altos estándares de rendimiento. No a dar la vuelta recreativa…

«El Pin» aguanto todo lo que le toco en la vida. A la mayoría, un horario de comercio y un hijo, lo sacan del deporte, te vacía de energías. Sin embargo su disciplina, determinación y ADN lo mantuvieron vigente. Fuerte físicamente, granítico mentalmente. Es dueño de un poder de concentración que le permite dar el mejor uso a cada segundo de actividad, consciente y concentrado en lo que está haciendo. Segundo a segundo conectado con su cuerpo y tiempos. Como nunca «se ceba» ni «pierde la cabeza» mantiene una buena coordinación y apropiada ejecución de movimientos.

Cualquiera sabe que si te descuidás te «cuelga mal», provoca un desparramo en el pelotón. Porque «el Grandote» casi nunca pierde vigor, nunca se tuerce… Como dijeron «Los Muchachos del Equipo»: «Es el compañero ideal. Respeta los ritmos, eleva tu rendimiento, te ayuda, tiene experiencia, si te dice que va a hacer algo lo hace y si dice que no… es no. No te va a andar «derrapando» en cualquier esquina«.

Por todo esto le devuelvo, con este reconocimiento, tantas jornadas dándome una mano y sacándome del ritmo «terapéutico» del que tanto me gusta estar y cuesta salir. Gracias por tanto buen triatleta, pero mucho mejor compañero, Juan Martín «Pin» Angarola.

MATRIX 94.9

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