SER HUMILDES

Ser humilde significa sentir respeto hacia los demás, no infravalorar a nadie, pero tampoco no considerarse superior. Y sobre todo, tener una actitud permanente de aprendizaje. Tomar lo que se nos dice, saber escuchar y absorber las sugerencias, consejos, o críticas. Es no cerrarte, defenderte, o atacar a los otros. Es saber aprender. Y dejarnos aconsejar, retar, y guiar.

El concepto de humildad se suele confundir con pobreza, cortesía, y la profesión de uno. Sin embargo, la humildad es una actitud interior que nada tiene que ver con el dinero, la educación, o la profesión. Es estar abierto a la ayuda y a las «puntas» que se nos tiran. Es abrir la cabeza.

La humildad nos conduce a la aceptación de nuestros defectos, debilidades, limitaciones, o frustraciones que la vida conlleva. Pero al mismo tiempo somos conscientes de nuestras virtudes y fortalezas. Tener esta visión completa, nos fortalecerá. Y nos valoramos correctamente a nosotros y a los demás.

El orgullo es inseguridad o baja estima. El orgulloso busca el elogio, el reconocimiento, y el aplauso. Se alimenta de la mirada del otro, porque precisa ser visto. El orgullo hace que uno critique, cuestione, traiga y lleve chismes, y genere división. Y no nos deja «bajar a tierra». El lema es: «Yo soy mejor que vos». «Vos la clavaste conmigo». «Ya van a pedir». Y eso nos aísla y «hace pelota».

El orgulloso se cree «la última gota del desierto» y dice: «Si yo no estoy, esto no funciona», «si yo me voy, esto se hunde», «si yo no me ocupo, esto se cae», «si no me invitan, me van a extrañar y se van a arrepentir». Nos creemos especiales e imprescindibles.

Una persona así no tiene tiempo a detenerse a pensar en qué aspectos puede seguir mejorando, en como dejarse ayudar. Esta actitud hace que perdamos de vista lo mejor que está por venir. Los que están abiertos a la mejora continua, se llevarán «el gran premio». No el que se empaca y manda a todos a «tomar por el poto».

El orgulloso se alegra por el fracaso del otro y se fastidia cuando alguien tiene éxito. El, nomás, quiere ser el «número uno». Es de posar la mirada en los demás, compararse, tirar abajo al otro, enumerar sus logros y «hazañas», intentar competir para ganar, y ser el mejor. Se cierra y se queda «con la de él».

Aquel que no es capaz de realizar un análisis para ver qué debería mejorar, siempre será un mediocre y, sin darse cuenta, quedará estancado en el mismo lugar. Recibamos las críticas y busquémosla, no solo el aplauso que nos puede confundir. Que también nos cuenten las costillas como para por lo menos saber que «irradiamos».

Si humildad es lo contrario a orgullo, y orgullo es resaltar nuestros logros, humildad es resaltar lo bueno del otro. La humildad hace que uno pueda activar el reconocimiento y el elogio. No es lo malo de mí, es lo bueno de vos. No es no reconocerme, sino «reconocerte» también a vos. Es la capacidad de estimar, pero también saber decir que siempre puede mejorar.

Cuando una persona tiene una buena opinión de sí misma, no necesita reafirmarla. Ya posee esa fortaleza interior. Tenemos que saber recibir correcciones, consejos y límites. No es de sumisos, o de títeres, es de humildes.

Pasamos demasiado tiempo desarrollando las fortalezas culturales o sociales, como ser un conversador, tener buen humor, hacer plata, etc. Muchos lo hacemos porque, en el fondo, deseamos ser aceptados. Nos enfocamos tanto en esas fortalezas, que perdemos de vista las internas. Como ser humildes, dejarnos ayudar, saber escuchar confrontaciones, y no cerrarnos.

Podemos desarrollar nuestras fortalezas y ser humildes, teniendo en cuenta todo lo bueno que tenemos, que quizás no podemos ver. Y al mismo tiempo haciéndonos preguntas, por ejemplo: ¿Haciendo qué cosa soy feliz? ¿Por qué pienso que me salió bien? ¿En qué otras situaciones me siento mal? ¿Cuál es mi pasión? ¿Qué me pone mal? ¿Qué me pone soberbio? Conocer nuestra personalidad.

Todos deberíamos tener como una de nuestras metas ser humildes, en el verdadero sentido de la palabra. Nos acerca a la verdadera grandeza que tanto perseguimos. Reconocer nuestras propias fortalezas nos permite con más facilidad dejar de hablar de ellas, para poder estar abiertos y respetar a los demás y enfocarnos en sus fortalezas.

Es sano abrirnos a la confrontación, fundamentalmente de los que nos quieren bien. No están contra nosotros, están enseñándonos sus sentimientos y necesidades.

El orgullo anticipa grandes desastres, justamente porque el orgulloso cree que no tiene nada que aprender. La persona orgullosa se enaltece a sí misma, construye un falso yo, para ocultar su vacío interior. Y se considera grandiosa. Y eso nos deja solos y rabiosos.

Las personas que constantemente descalifican a los demás actúan por contraste. Resaltan lo malo del otro, como una manera de decir: «Yo soy el bueno.» «Mira quien sos vos». Necesitan definirse por comparación, porque su plataforma es de mucha inseguridad, y muy baja estima.

La humildad siempre trae abundancia. No todo el que tiene abundancia es humilde, pero el humilde siempre termina en abundancia. Dice el gran libro de los Proverbios: «riquezas, honra y vida es el pago por la humildad».

LA LEY DEL DEPORTE

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