CICLISTA JORGE «EL ÑATO» TUGNARELLI POR LA LEY DEL DEPORTE (16/7/20)

Jorge «El Ñato» Tugnarelli empezó a correr a los once años en las carreras de barrio en nuestra ciudad de Concordia. Se lo veía en La Cantera, Cabildo, Las 28 Puñaladas, Martín Fierro, Pompeya, Parque Ferré. Su pasión siempre fue andar en bicicletas por todos lados. Y correr y dar lo mejor en cualquier desafío «que ande dando vueltas por ahí».

Jorge conoció a su mujer Graciela cuando ella tenía 14 y el 17. Enseguida se enamoraron y viajaron juntos por los caminos rurales, rutas y autopistas del ciclismo y la vida. Ella tenía 16 y el 19 cuando se casaron. Graciela toda la vida fue ayudante, su compañera, su amor, su apoyo psicológico, y sostén anímico. Del Ñato y de aquellos muchos «Amigos del Ñato» Tugnarelli. Que eran muchos. Cosecharon centenares de afectos y fueron muy queridos. Siempre ayudando, los dos, donde «mande la ocasión».

Graciela era una constante andando con las ruedas, cámaras, herramientas, frutas, las caramañolas para asistir algún desafortunado, irresponsable o distraído ciclista que necesitaba auxilio para poder arrancar o continuar la competición. Jorge rodaba con los chicos, los pibes, los adultos, o adultos mayores. Un referente positivo para las generaciones venideras. De constancia, durabilidad, amor por lo que haces. Y la búsqueda del bienestar a través del deporte.

Jorge Tugnarelli no solamente corría todas las carreras que había y podía, sino que arreglaba horas y horas sus bicicletas, las de sus amigos y rivales como si fuesen suyas, las de conocidos o simplemente sus clientes. Arreglando piñones, coronas, cadenas, horquillas, pedales, ruedas, o cuadros. La bicicleta fue su segundo amor.

Hasta vendía repuestos para que mejores tu andar y te sientas más seguro arriba de «la nave». «El Ñato» es al ciclismo lo que «Toribio» Gutiérrez es al pedestrismo: Una institución. Una leyenda. Un insustituible a la hora de hablar de la historia del ciclismo. Su nombre «salta en la primera de cambio».

Jorge era un ciclista duro de cabeza y de cuerpo. Resistía terribles y largas carreras. Era imparable en su espíritu. Cabeza dura. De prenderse con los de arriba hasta quedarse sin nafta. Llegaba con las reservas. Un hombre que no se guardaba nada. En el mundo del ciclismo fue un ejemplo de resiliencia, de seguir a pesar de su cansancio, frustraciones, malas actuaciones, o graves lesiones.

Corría acá, en el interior, en Buenos Aires, en las 500 Millas del Uruguay. Su vida se la pasó surcando vientos y haciendo un canal para poder atravesarlos. Y pedaleando contra el cansancio, el frio, calor, lluvias, rivales y contra el mismo. Tratándose de superar con dureza y tesón frente a lesiones o ahogos. Se necesita capacidad aeróbica para largas pedaleadas y anaeróbica para tener explosión cuando acelera el pelotón que te quiere «colgar de la horca». Fuerza, velocidad, técnica, reflejos, agilidad, y un corazón de león. Y creer que vos podés. Si yo no puedo, nadie puede…

Fue uno de los más grandes de varias generaciones. Y podría haber competido en cualquier Era.  Además camionero. Hombre de carreteras si los hay. Llevaba frutas al Mercado Central y ahí llevaba su bicicleta. La bajaba y entrenaba o corría en Bs As, Zárate, Gualeguaychu, Concepción, Colon, donde haya un lugar se bajaba y corría. San Salvador un sábado y el domingo acá en Concordia. Le entraba a la bicicleta «como rengo a la muleta». No especulaba…

Cuando tenía 25 años se le rompió la horquilla en Uruguay y tuvo un accidente tremendo. Pierde la nariz en el departamento de Artigas. Podía haberse resignado, abandonar la actividad, o quedar desanimado para «toda la zafra». El no. En cuanto pudo se reintegró a la actividad.

Cinco años después le queda el motor acelerado de su vehículo y cuando abre el capot para repararlo le explota la polea, le salta una esquirla en el ojo… y lo pierde. Quedó con uno solo. Otra vez la vida lo puso a prueba de fuego. Pero como era un gringo «cuatro por cuatro» e inquebrantable… Se curó, adapto, y retomo con la ayuda de su familiares y amigos.

En un pelotón de ochenta ciclistas competía contra los grandes. Con una nariz disminuida y con un ojo solo. Seguía con su vida a pesar de sus obstáculos. La fe y su pasión fueron combustibles que encendieron y pusieron en marcha nuevamente a su bicicleta. Era imparable.

Jorge “Ñato” Tugnarelli falleció como consecuencia de un accidente ocurrido en la ruta 015 cuando tenía 58 años. También se produjo el deceso del adolescente César David Díaz, de 15 años, otro de los protagonistas de la mortal colisión. Lo chocaron de atrás en una moto mientras estaba, obviamente, pedaleando. Hoy hay un Monolito en el lugar del accidente, para que todos se acuerden de un grande del ciclismo concordiense.

Aquel fatídico día una multitud se arrojó a la Avenida Las Heras a darle el último adiós y brindarle todo su amor. Muchos iban vestidos de ciclista. La gente afuera aplaudiendo y despidiendo al resiliente de Tugnarelli.

En su rostro portaba las marcas del sacrificio, de aquellas madrugadas desoladas cuando salía de su casa para trabajar o entrenar, y de sus accidentes dramáticos. Y en la casa lo esperaba una familia que lo apoyaba y lo amaba.

El deporte de las dos ruedas le fluyó por sus venas. Su trayectoria deportiva es la de un verdadero guapo del ciclismo. Lo tomó con la mayor responsabilidad y entendió que podía ser una manera digna de ganarse la vida, luego de trabajar mucho tiempo arriba de un camión.

Nunca se alejó del deporte. Un gregario de lujo que entró en la historia grande de Concordia. Retirarte, ser reconocido y nombrado es un orgullo enorme para su familia. Vos podés heredar una casa o un campo. Pero yo prefiero heredar un apellido querido, reconocido, prestigioso, generoso, y que trabajo por el deporte, la vida sana al aire libre, y por la comunidad de Concordia.

Hoy, un símbolo de resiliencia ciclística. Y de resiliencia humana. El Ciclista Jorge «El Ñato» Tugnarelli en «La Ley del Deporte».

LA LEY DEL DEPORTE (MATRIX 94.9)

Comentarios