LOS AMIGOS POR «LA LEY DEL DEPORTE»

«La amistad es un alma en el que habitan dos cuerpos. Un corazón en el que habitan dos almas», Aristóteles, 354 años antes de Cristo.

El doctor Enrique Febbraro, odontólogo argentino, es el creador del Día del Amigo. Como el dulce de leche, el colectivo, la birome y la identificación de las personas mediante huellas dactilares, «El Día del Amigo» es un invento argentino. Este creador del Día Internacional del Amigo, también fue músico, uno de los primeros locutores de Radio Argentina, periodista, fundó dos Rotary Club y ocho clubes de Leones, publicó libros de filosofía, de psicología, de poemas, y hoy es Ciudadano Ilustre de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires. Encima de esto fue candidato, dos veces, a recibir el Nobel de la Paz.

Hagámosle honor a este hombre teniendo amigos. No aislándonos y dejando que nuestras cavilaciones nos traicionen. Las investigaciones dicen que hay menos amistades y más soledades en este mundo pospandémico. Tal vez lo correcto sea decir que hay mucha gente que extraña a sus amigos, a los que por diversas causas no se visita hace tiempo.

Extrañar a los amigos es una manera de vivir la amistad, no significa la ausencia de ella. Porque no es tan fácil derrotar a la amistad. El tiempo y la lejanía la pueden adormecer, pero esa capacidad de «reverdecer» la relación con «los de siempre» está firme ahí, lista para resurgir. Esto es así aun de manera espiritual, en los casos en los que nuestro amigo haya partido. Es que la amistad sigue vigente aun cuando es vivida con nostalgia.

Los amigos nos dan fuerza interior porque nos dan afecto, nos escuchan, comparten sus tristezas y sus alegrías con nosotros. Se ponen felices cuando nos ven llegar y nos abrazan. Y quieren saber y preguntan como nos fue, que sentimos, y que andamos haciendo. Quieren lo mejor para nosotros. Nuestro éxito es su éxito. Te besan, cuentan anécdotas tuyas, te tienen fe a pesar de todo, se ríen, y se emocionan con uno.

Tengan buenos amigos gurises. Somos seres sociales y uno de los vínculos más importantes es la amistad. Hay que tener buenos amigos, no enemigos. El amigo es el hermano que elegimos. Muchas veces tenemos varios amigos de diferentes grupos. Y compartimos otras partes y etapas de nuestra vida. Amigos del barrio, de la escuela, del club, de la universidad, del trabajo, y del disfrute.

Y uno de los desafíos más importantes con los amigos es ser uno mismo. Sacarnos la máscara y tirar el personaje «al tacho». Hablar con tu amigo en serio. No todo el día haciendo chistes sobre «ídolos de burdel». Sentarte una tarde cualquiera en la vereda de su casa a charlar, como cuando éramos chicos.

Con un amigo encontrás a alguien que te entienda, que te escuche, que se preocupe y que se ocupe. Te puede dar «una mano» en las difíciles. Donde vos podés descargar tu mala energía, así no te prendes fuego. Compartís una alegría, un asado, un partido o un mate mañanero y conversador. Igual a un «cable a tierra». Podés verbalizar tus problemas y disminuís el malestar. Hablas con ellos. Pedís sugerencias y consejos. Nos abren la cabeza y nos tiran puntas para ayudarnos.

Los amigos son como los libros, no necesitas tener muchos, necesitas tener buenos. La amistad duplica las alegrías, y divide al medio las angustias. Te las diluye un poco. Son los brazos que te contienen. Es la emoción de volver a verse. Un amigo es aquel que lo sabe todo de vos. Todas las que «te mandaste». Hasta lo que te avergüenza. Pero que, sin embargo, te entiende, y te quiere y mucho.

Aquellos que tienen más vida social y cuentan con varios amigos «confidentes» viven más y mejor. Tener buenos amigos, especialmente en la vejez, permite mejores hábitos de vida, menos depresión y una sensación de autoestima. Las personas sienten que pueden intervenir en la vida de los otros, dando consejos, apoyo, y esto les hace bien, y se sienten útiles. La solidaridad es el «fueguito» que mantiene vivas a las sociedades. Y los amigos «son solidaridades escondidas».

Vivimos en comunidades cada vez más competitivas, en las que todos somos potencialmente rivales. Sin embargo, el consumismo no pudo destruir estos sentimientos. Seguimos viviendo en «comunidades personales», que pueden incluir a personas geográficamente lejanas. En estas comunidades los integrantes de la familia pueden funcionar como amigos, también vecinos y compañeros de trabajo o de estudio. Ante la crisis, lo auténtico es acercanos a la familia, y a los amigos.

Llamamos amistad a un sentimiento recíproco y estable, que se anhela y se atesora, y se manifiesta en los afectos que disfrutamos. Se trata de visitar juntos un lugar curativo: el de los sueños compartidos. Gozar de la amistad es salud. Es curarse en salud. Contra la tristeza común, contra la presión de la vida cotidiana, la amistad es un descanso. Por eso, me gusta considerarla uno de los antidepresivos de la vida cotidiana. Es casi como estar a solas, en compañía de otro, que pretende estar con uno. Gileando y compartiendo un tiempo y un espacio. Ese otro, el amigo, sabe estar y escuchar. A veces en silencio, pero siempre haciéndose eco, que significa responder a lo que nuestro amigo precisa.

La amistad afianzada permanece, latente, y revive cuando es convocada. La amistad permite sostener el deseo de vivir, de aprender, del gusto por la vida, por los ideales, por nuestra continuidad… y, sobre todo, ayuda a caminar por este mundo. Y permanecer peleando sin «tirar la toalla».

Que vivan los asados, salidas, charlas en la playa o del laburo o de la escuela. Son un lindo espacio para desarrollar vínculos y encontrar oportunidades afectivas y sociales que mejoran la calidad de nuestras vida.

Una de las amistades más notables es la de la escuela. Pasamos cinco años viéndonos todos los días y de repente dejamos de frecuentarnos. Perdimos el aula y la taberna. Creemos que se nos viene la noche y la soledad. Pero hay una conexión que perdura mucho más allá de la proximidad o del tiempo. Lo sepamos o no: «Fuimos compañeros de mil batallas». Y eso nada ni nadie lo puede cambiar.

El contacto con los amigos vale por sí solo, pero también por lo que a través de esos amigos vemos de nosotros mismos. Recordar quiénes somos de verdad desde la mirada de un buen amigo. En ese sentido, un amigo de ley es un buen espejo en cuál mirarnos para encontrar aquello que se nos escapa de nosotros mismos, cuando estamos solos y los laberintos de la mente nos complican súbitamente.

Existen esos amigos con quienes se ha compartido mucho en cantidad y, sobre todo, calidad. Ese tipo de amistad tiene intimidad emocional y de confianza. A veces son amistades de contacto diario, pero también pueden ser esporádicas. Aunque la sensación normal es que el tiempo no ha pasado jamás: «Te siento como la última vez que te abracé fuerte. Como que recién acabo de verte. Debe ser, mi negro, que te tengo en mi mente siempre»

LA LEY DEL DEPORTE

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