«LO QUE NO SE DICE SE MALDICE» POR LA LEY DE DEL DEPORTE (CONSEJO MUNICIPAL DE PREVENCIÓN DE CONSUMOS PROBLEMÁTICOS)

Estos son siempre escritos dedicados a los chicos en las charlas que hace el Consejo de Prevención de Consumos Problemáticos de Concordia.

Para no querer deprimirte ni salir a drogarte ni matarte tienen que tener metas e ir por ellas «gurises». Si te quedas en tu casa haciendo nada toda la vida, vas a sentirte muy mal y mirar de reojo el «sacudirte con algo».

Necesitamos tener objetivos. Soñar con una vida linda, feliz, y de logros. Para no caer en conductas y hábitos enfermos hay que enfocarse en lo que uno ama y le gusta. No importa que. Algo que los movilice, que les despierte pasión. Imaginen una vida bien copada y vayan por ella. Soñarla, visualizarla en la mente y en el corazón. Así nuestra existencia es más sencilla, copada, y menos dolorosa. Abrácense a su gran pasión. Dándole forma en la almohada.

¿Qué quieren ser? ¿Músicos? ¿Ingenieros? ¿Psicóloga? ¿Futbolista? ¿Modelo? ¿Diseñadora? ¿Empresaria? ¿Profesores? ¿Cocineros? ¿Tacheros? No importa tanto lo que sean, importa que lo quieran.

El futuro no lo van a crear con lo que vayan a hacer dentro de cinco años. Será el resultado de lo que vayan a hacer hoy con la mira en esa «imagen de oro». Si quieren sentirse bien hay que ir plantando semillas todos los días, con el deseo de ir cumpliendo sueños.

Tengan metas. Sin metas propias estamos «sonados», pasamos a ser parte de las metas de todos los demás. Y nos hace mal. Sentimos esa «falta de control» en «la diaria». Como que somos unos títeres de otros. Y si no las tienen o no las logran, deben hablar de porque no las cumplen. ¡Háganse entender! Hablen de «su mundo interno». De lo que no están dispuesto a confiar. Y pidan ayuda.

Yo en la escuela no encajaba en ningún lado. No prestaba atención. Estaba «serio como perro en bote», con cara de preocupado. Me peleaba con los compañeros y con las maestras. Era odioso. No me interesaba nada. No me ayudaban porque tampoco hablaba de lo que me pasaba. La hora en el aula no se me pasaba nunca. Solo escuchaba mis pensamientos internos, mis cavilaciones, y mis tormentos. Conversaba conmigo durante horas. Me sentía mal porque no me expresaba, ni encontraba mi lugar en el mundo. No tenía pasiones ni hobbies. Deje de hacer deportes y de hablar con mis papás, amigos, y con la maestra. Me cerré afectivamente. No me abría ni demostraba lo que me sucedía. Nadie me entendía. ¿Cómo me iban a entender si no hablaba de mis pensamientos ni de mis sentimientos?

Tomé muy malas decisiones. Me empecé a juntar con gente de otros barrios, más grandes, y de no muy buenos hábitos. Empecé a fumar, a tomar alcohol, y finalmente a drogarme.

Hablen chicos de sus problemas o excesos porque si no van a hablar sus cuerpos. Por algún lado, «explota». Yo pensaba todo el día en hacer tonterías. Ir a los jueguitos, fumar, tomar, viajar. Mi papá tenía suficiente plata. Y yo la gastaba con mis amigos en «giladas». En nuestros campamentos, viajes, o actividades nos intoxicábamos a «trochi mochi». Luego conseguía un dinero y me lo gastaba todo en drogas. No me quedaba ni para los puchos. Seco como el desierto.

Era «amiguero» para que me tengan afecto los muchachos nomás. No hablaba de porque estaba nervioso o desinteresado con todo. Tartamudeaba mucho. Tenía como veinte tics nerviosos. Me picaba todo.  Era susceptible y me atacaba la ira y la violencia.

No es que no hablaba. Hablar hablaba. No hablaba en serio de mí «mente demente». Hacía chistes y decía «giladas» todo el tiempo. Era un carismático de bar. Un borracho de pizzería. Un personaje pintoresco que hacía reír a todos con sus fobias y locuras.

No hablaba de que mi mente estaba enferma y se obsesionaba con diálogos secretos y oscuros. No vivía la vida real, sino que estaba inventando mundos en mi cabeza. Y no los podía detener. ¡Hasta me dolía la cabeza de tanto cranear! Me empezó a zumbar el oído. Me dolía la garganta. Rinitis crónica en la nariz. Picazón insoportable en la piel. Y estaba siempre ansioso… así prefería no vivir.

Los desayunos y las comidas en mi casa las pasaba en silencio. No hablaba si no era en la película interna. Era horrible. Si querían intimar conmigo, chamuyaba, «prendía el casete», y me desaparecía. Llegaba a la noche de deambular en la calle. Y me escondía para que no me huelan, vean, ni sientan enfermo. Como no podía hacer nada bien, buscaba hacer las cosas mal.

Aburrido y juntando colillas de cigarrillo en los cordones cunetas. Pensaba y me obsesionaba con eso. Algunas monedas para las fichas de los «flipers», puchos, tragos, alguna chica… Mi estado más normal era sentirme mal, luego me drogaba y levantaba un poquito, y finalmente la hecatombe total. Tics nerviosos, urticaria, dificultades para respirar, aceleración del pensamiento. Se me desordenaban «los muebles de la cabeza». Y me desaparecía del trabajo, de mi casa y hasta de mí.

Luego me iba a convertir en un drogadicto empedernido para aliviar tantos malestares juntos. Y por veinte años… Hablar es saludable. Siempre hay algo que no están diciendo. El peso de no hablar y tratar sus problemas terminan desarrollando un desajuste y un desequilibrio terrible en nuestras vidas.

Sean quienes gusten ser. Y si no pueden hablen, y pidan consejos o sugerencias. Muchas veces estamos tan frustrados con nosotros mismos que lo intentamos aliviar con la ira, con chistes fáciles «agreteando» a los demás, o escondidos detrás de un personaje. Tratamos de «juguetear con la cabeza» haciendo divagaciones mentales, con excusas de porque abandonamos siempre los proyectos a mitad de camino. Inventamos nuestras virtudes y «genialidades». No nos hacemos cargo de nuestros problemas.

Cada pensamiento negativo trae un resultado negativo. Busquen maneras para cumplir sus sueños. No busquen excusas «alegremente contadas», solo para zafar.

Hagan realidad sus sueños. Energícense. Persíganlos y hablen de la «montaña» que por ahí tienen enfrente, entre ustedes y su propósito. Gástenlo al tema. Hasta que quede «así de chiquito»… Prohibido aislarse y esconderse. No sean «caretas». No se queden en el miedo y en la queja eterna. O esperando lo peor del futuro. Porque la peor de las noticias es que siempre se puede estar peor. A menos que estén muertos…

Callar les traerá muchos pensamientos enfermos y pocos deseos de «hacer algo como la gente». Para que se alivianen los pensamientos tenemos que tener deseos. Hasta que esos pensamientos se adecuen y vayan en armonía con nuestros deseos. Pensar en lo que aman. No obsesionarse en lo que odian. Como decía un coordinador terapéutico: «El que no habla pierde. Esto es igual al juego de la infancia». Y, «lo que no se dice se maldice».

Hablen de sus pensamientos y sus sentimientos enfermos. Con quienes quieran y tengan confianza. No se escondan como «El Lobo Feroz». Es el mejor consejo que les puedo dar. Con quienes se sientan a gusto, no importa. Pero háganlo. Es para prevenirlos de males mayores. Mucho más vale prevenir que curar. Se los digo por experiencia personal…

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