CUENTO DE FUTBOL «AL ANGULO SUPERIOR DERECHO» POR CARLOS ALBIN

Este cuento lo escribió el abogado, escribano, y periodista uruguayo Carlos Albin. Embajador uruguayo en Italia, radicado en Roma. Publicó dos libros muy conocidos: Uruguay Hoy y Colgado del Travesaño. El Cuento de Fútbol dice así:

«Volvimos a casa explorando el ambiente desde lejos. La calle estaba tranquila y no había señales de que nada extraordinario hubiera ocurrido. Habiamos calculado el tiempo, papá ya había llegado de laburar, mamá estaría como siempre hablando a los gritos. No se oía a papá, pero era fácil imaginarlo sentado en el comedor, mirándola con sus ojos mansos mientras escuchaba la perorata. Entramos con cara de inocentes y aire de despreocupados, aunque supongo que no se les escaparía la luz de alerta que nunca aprendimos a disimular».

Mamá preguntó: «¿Se puede saber donde se habían metido ustedes?

«Fuimos a visitar a «El Tata», contesté con naturalidad y la miré a los ojos.

«Nos convidó con Candeal», agregó mi hermano «El Yuyo». «Y le puso Vino Garnacha. Después lo ayudamos a acomodar la leña».

Papá sonrió apacible mientras mamá tomaba carrera para una nueva «andanada» de recriminaciones: «Ustedes me van a matar con los disgustos. Cuantas veces les dije que tuvieran cuidado. No tienen arreglo. Juan Pedro, deciles algo. ¿Te vas a quedar callado? Y encima arman este lío con «Amelia».

«Amelia es una vieja podrida y chusma, nos dijo «La Tía Cuca», detalló Yuyo. La atención de mamá había cambiado de objeto. Ahora era la Tía Cuca. Un blanco antiguo y predilecto de sus broncas. Salimos de foco y eso fue un alivio.

La «Tía Cuca» era uno de los personajes más admirados de nuestra niñez. Hermana de la abuela Pía. Se había quedado soltera y estaba medio chiflada. Tenía una imaginación inagotable. Nos contaba cuentos delirantes y magníficos. Y disfrutaba mucho revelando los secretos de los mayores. Un personaje pintorezco. Cuca festejaba con risotadas tremendas y unos besos y abrazos de osos nuestras aventuras e infracciones a la ley. Hacer reír a Cuca era una de nuestras máximas áspiraciones.

Siempre jugabamos a las escondidas durante nuestras difíciles siestas de verano, en la que no se permitía jugar al fútbol porque perturbaba el descanso. Mi primo «Janito» era medio pasmado, según «La Tía Cuca», y nuestra víctima universal. La verdad era que le hacíamos trampa en todo, y el se la aguantaba o no se daba cuenta.

Esa tarde lo teníamos a mal traer. Janito, bobeta y todo, había comenzado a cansarse y a protestar. En una vuelta volvimos a embromarlo y se escuchó detrás de las cortinas que suponian proteger su siesta sagrada, la voz de la vieja Amelia : «No juegues más Janito, no ves que siempre te hacen trampa».

Ahí se terminó la diversión. Respaldada por la opinión de un mayor que confirmaba sus sospechas, nuestra victima se negó a seguir jugando. Tuvimos que volver a casa. Mirando con odio la ventana de la delatora. Tenía razón la Tía Cuca, Amelia era una vieja mala y metida. Por culpa de ella no nos dejaban jugar al fútbol a la hora de la siesta. Y ahora venía a malograrnos la escondida. Mirando el techo en la cama comenzé a pergeñar la terrible venganza.

Hubo que esperar una semana. El once de enero era el cumpleaños de Janito y esa mañana apareció con una pelota nueva. Salimos a probarla, estaba buena, bien inflada y olía a nuevo. Janito la picaba en la vereda y no nos dejaba llevarla a la calle para que no se llenara de tierra.

A las cuatro de la tarde terminaba oficialmente la siesta y podíamos jugar al fútbol en la calle. Era cuestión de ponerse a pelotear un rato que uno a uno irían apareciendo otros jugadores: «El Flaco» Bastor, «Los Mellizos» Vinca, «La Chancha» Vicente, o algún otro que pasara por ahí y se viera tentado por el picado.

Me fui arrimando de a poco a lo de «La Vieja Amelia». Yuyo, que me conocía de memoria, se dio cuenta y me tiro un pase largo para facilitarmela. Al fin quede parado frente a la ventana. Devolví varios pases. Yuyo me miró a los ojos y me gritó: «Va un centro».

Tiró un centro perfecto. Yo la vi venir, perfecta, a la altura adecuada. Y cuando llegó a mi salté, giré la cabeza un cuarto de vuelta, y la cabecié con el parietal.

La ventana de Amelia estaba dividida en cuatro por una cruz de madera. El balón entró exacto por el cuadrado de arriba, del lado derecho. El ruido de vidrios quebrados estranguló mi grito victorioso: «Gooool. Golazo».

Salí corriendo a toda velocidad detrás de Yuyo. Que ya me había sacado media cuadra de ventaja. Cuando nos juzgamos a salvo miramos hacia atrás. Janito estaba petrificado en el medio de la calle. Creo que había empezado a llorar. Amelia, a los gritos en la puerta, no había todavía entendido lo sucedido.

Seguimos corriendo hasta llegar al borde del pueblo y en la avenida doblamos hacia el chalé del «Tata». El abuelo estaba atareado en el jardín y nos vio recien cuando cruzamos el portón. Su cara se iluminó con esa sonrisa que me hacía sentir tan bien. Y, mientras levantaba su sombrero legendario y se secaba la transpiración con la mano, nos saludó: «Que sorpresa mis amigos ¿vienen a saludar al Tata?».

«Salimos a dar una vuelta, abuelo, mamá estaba renegando y pensamos que mejor…»El viejo frunció la boca y movió la cabeza con un gesto de incredulidad: «Siempre igual. Siempre la misma», murmuró. Nos miró complacido: «Tomaron la leche? ¿Que les parece un Candeal?»

Adentro estaba fresco y una gozoza penumbra nos ponía al abrigo de todo mal. El abuelo batió los huevos, agregó la cantidad justa de azucar y, sonriendo con picardía, consultó: ¿Le ponemos un poco de vino Garnacha?

Los Candeales del Tata eran fenomenales. Y, el agregado inimitable del vino Garnacha, los hacía mágicos. Los devorábamos bajo esa cálida mirada de aprobación y después regresamos al jardín. Por el momento estabamos a salvo.

El ataque a Cuca llevó unos minutos, pero llegó a su fin. Papá ya había hablado tratando de apaciguar a mamá. Yuyo y yo calculabamos la penitencia. Y, más secretamente, el regocijo de «Cuca». Yuyo me miraba expectante. Yo era el mayor y además el autor directo de la barrabasada: me correspondía asumir la defensa. Había que esperar el momento. Sabía, que cuando amainara el chaparrón, papá iba a hacer preguntas: la hora de los alegatos.

Mamá seguía con los gritos. Ahora el tema eran los gastos. Había que pagarle el vidrio a Amelia, más lo que coraba el vidriero, sin contar con la verguenza y la humillación que había soportado de Amelia. Quien había cruzado la calle y nos defenetró a todos.

Todo el barrio se había enterado. Y la vieja se había despachado a gusto con nosotros. Y, de paso, manifestado a viva voz las discrepancias con la educación que nos estaban dando. Comentada luego en prolongada perorata entre doña «Cata» y la «Nena», enemigas de siempre pero aliadas circunstanciales ante el ataque de los vándalos.

Papa asumio la dirección de los acontecimientos: «Calmate Martina un poco. Vamos a ver que pasó».

Me miró con su eterna paz como para darme confianza: «A ver Mario, contame como fue mijo».

Yo me había quedado mudo. Me daba bronca que mamá tuvo que pagar el pato, y más bronca con la vieja de mierda y las otras vecinas que estaban siempre muy bien dispuestas para hablar mal de todo el mundo. Yuyo esperaba que dijera algo en defensa de ambos, pero yo no podía articular palabra. Miré a papá sin saber que hacer. Mamá aguardaba respirando con fuerza, conteniendo sus ganas de seguir con la «rezongadera».

El silencio llegaba ya al límite de lo tolerable. Entonces Yuyo soltó: «Papi, le tiré un centro al Mario y la clavó en el ángulo superior derecho».

El viejo abrió la boca como para decir algo, mamá parecía a punto de saltar, y yo no me animaba ni a pestañar. Magistralmente «Yuyo» liquidó el asunto para siempre. Antes que nadie pudiera decir o hacer algo más agregó: «Te juro que fue el mejor cabezazo que vi en mi vida. ¡Te lo juro!».

LA LEY DEL DEPORTE (MATRIX CONTINENTAL 94.9)

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