CANTINERO DEL CLUB HÍPICO CONCORDIA «EL LULI» DÍAZ EN «EMPRENDEDORES DE CONCORDIA»

El deporte es una pasión argentina. Lo mismo que sucede con un buen encuentro dominguero en familia, al calor de una rica, casera, y bien criolla comida. Es un ADN albiceleste, que encuentra en la cantina «La Herradura» del Club Hípico Concordia, un espacio ideal.

El deporte y el buen comer se mezclan en este tradicional e histórico club. Uno ve socios de «toda la vida», algunos jugadores de tenis, otros nadadores, de básquet, de hockey, obviamente qué jinetes del deporte insignia, la equitación… Y también gente de afuera que solo quiere comer, y compartir una charla con amigos o en familia.

El Club Hípico Concordia nació como un lugar de encuentro y pertenencia de los vecinos, ubicado en los arrabales de una ciudad que se reconfiguraba con la llegada de miles de inmigrantes. Que dentro de sus desgastadas valijas, traían en su equipaje idiomas, culturas, ambiciones, miedos, y por supuesto deliciosas recetas.

En ese contexto surgió la necesidad recreativa y social que cumplió el deporte en la Argentina por medio de los clubes. Y el Hípico empezó con la equitación y la cantina. La cantina, con el paso de tiempo, fue comedor, luego restaurante, parrilla, salón de eventos, y fiestas que convocan a los socios y vecinos, todos alrededor de una misma mística: el deporte, la buena mesa, y la música en vivo. Bienvenido legendario cantinero del club Hípico Concordia «El Luli» Díaz a «La Ley Gastronómica»:

«Hola Lobito, como estás. Qué alegría que vengas, yo soy de Federal. Mi viejo se llamaba Alfredo «El Nene» Díaz, carpintero y tanguero. Tuvo una orquesta característica de su época que se llamaba «Remembranza». Y mi mamá era ama de casa y se llamaba Stella Maris. Tuve una infancia muy linda y vengo de una familia musical».

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

«Nací en el 55. Soy el mayor de tres hermanos músicos. Mi hermano Rudy era folclorista, falleció hace tres años y el menor es Marcelo, está allá, bien chamamecero, y vive en el campo. Lleva una vida bastante silvestre, y anda con una «Criollita», lo voy a ver siempre. Pero ahora está ciego, no se cuida del todo, viste… Se complica».

«Yo siempre fui muy «bichero». Tuve un montón de caballos de carrera con mi viejo amigo de Federal, Jorge Molino. He tenido tantos, como «La Mojarra» y «El Volteador», con el que ganamos en La Plata. Y también caballos de equitación. He ido mucho a las carreras, y miro turf, acá, que me gusta».

A «El Luli» le gustan los burros, el tango, el folclore, el boxeo, doma, la radio, y todo lo que tenga que ver con nuestras tradiciones. Tanto es así que es famoso por andar haciendo compras en autos que son reliquias de tiempos inmemoriales.  ¡Tan antiguos que no hay memoria de cuándo se hicieron!

«En mi casa siempre se juntaba mi viejo con músicos a tocar y compartir, paraban todos ahí. Yo me crie entre músicos y poetas, y hasta «altas horas». Se juntaban cuatro, luego treinta, y era todo así, viste, porque se iban enterando… Ja, ja, ja».

Uno, de tantos, era el padre de los hermanos Salvador. Yo era chico, tenía 16, 17 años y venía a la casa de los hermanos Salvador. Ellos eran más grandes que yo, pero nos juntábamos, y salíamos. Tenían un boliche clásico en calle Las Heras. Marcelo tuvo La Media Naranja y la Escuela Los Linces, y además tocaban con «Los Roberts» por todos lados».

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

«A los 18 me voy a la Escuela de la Armada Argentina y vivo ahí cinco años. Casi me quedo a vivir en Buenos Aires… Cuando salí me venía para aca re seguido. Una vez se le rompe un auto Fiat 600, a los Salvador, en Federal, lo dejaron y se lo arreglamos. Cuando se los traigo para Concordia, ya nunca más me volví».

«Llego en el 78, y empiezo a trabajar de gerente en el Supermercado Salvador, en calle Pellegrini, donde era la Sociedad Italiana, y conozco a Griselda Malgrab, que vivía a la vuelta, por Coldaroli. Con ella tuvimos a nuestras dos hijas: Sabrina y Eugenia».

«Aprendí a trabajar con animales, despostarlos, deshuesarlos, y porcionarlos en el supermercado. Luego, desde el 86, puse el mío que se llamaba «Buenos Díaz», por calle Diamante. Vendía «a lo loco». Cargábamos el camión con 40 o 50 pedidos por día. Eran carros y carros de comestibles y productos que repartíamos por todos lados. Cocinaba terneras, novillos, lechones, corderos, pollos, etc. Yo a todo eso lo re contra aprendí desde hace tiempo».

«Me fundo en el 97 y me quedo sin trabajo, muerto. Llego al Hípico porque saltaba una de mis hijas. Me quieren dar un caballo, pero ¿qué iba a hacer yo con ese animal? Si no tenía ni para mí. Me ofrecen agarrar la cantina, la propuesta era atractiva, el club tiene un parquizado y jardín con un espacio para reunirse la familia, donde los más chicos pueden jugar libremente. Pero acá habían estado «El Gallego» Gómez y «El Bikia» Martínez, tipos con trayectoria, que sabían muchísimo de gastronomía. Y se habían quedado sin cantinero y me propusieron «agarrar».

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

“Empezamos hace años con la idea de hacerlo crecer y funcionar. Pasamos muy malos momentos, épocas de terrible «piojera». Unos cuantos inviernos solo, no entraba nadie, estábamos ese árbol que está ahí y yo, nadie más, ja, ja, ja. Siempre con platos tradicionales, en porciones generosas, y a buen precio». 

«Hoy hay sandwiches, pastas frescas de todo tipo, con salsas también hechas por las cocineras, lomo al champiñón, costillitas de cerdo, matambre a la pizza, suprema con papas doré, bife de chorizo con puré, milanesas, tartas para llevar, postres caseros y deliciosos, tortas… Una radiografía del comer criollo, ja, ja, ja».

«Y una parrilla gigante desde donde salen costillas, vacíos, matambres, cerdo, cordero, además de morcillas y chorizos, muy bien asados por «El Colorado Roque» o por mí. Se hacen eventos con empanadas de copetín, cortes de parrilla, y ensaladas frescas. Es una propuesta imbatible. Panqueques, flan, budín de pan, y todo lo que tenga que ver gastronómicamente con nuestra cultura».

«Los padres vienen a acompañar los gurises y también solos a comer algo. Los gurises siempre andan con la alegría de saber que se vienen a restaurar en la cantina. Tomar una gaseosa, comer alfajores, galletitas, un pebete de jamón y queso, una hamburguesa, un helado, y recuperar la energía gastada en los partidos. Después vuelven a sus casas o siguen un rato más acá».

“Podés venir en familia, con amigos, en pareja, no importa. A muchos les gusta el fútbol y miran ahí, boxeo, tenis, burros, está la comisión directiva, donde viene tu viejo hace cuarenta años, siempre los lunes, el grupo de los martes que es un clásico, los miércoles solemos hacer peñas folclóricas, tocan orquestas típicas y espectaculares, y otro grupo histórico y populoso de los jueves que ya llevan muchos años, como veinticinco… Y se mueren de risa, comparten, hablan, juegan, pasan un buen momento, y se los atiende muy bien».

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

«Muchos socios del club festejan su cumpleaños, como Hugo, contratan orquestas típicas, comen antes o después de un partido de sus hijos, de una clase de equitación o de básquet, pero también hay clientes de otros lados. Acá cualquiera puede venir y pasar una buena jornada, eso me interesa aclarar”.

“Siempre estamos innovando y creando. Ensayo y error. Mantenemos el bufete para que los más chicos coman un sándwich en medio de las actividades, panchos, fritas, hamburguesas, gaseosas, helados… Un menú para los chicos, Hace años que redujimos el número de platos, buscando que sean impecables. Si hay una milanesa, tratamos de que salga «de diez”.

El Luli vive en una casa vieja del barrio Centenario. No tiene timbre ni redes sociales. muchos árboles, plantas frutales y herbales, que te obligan a entrar agachado. Al fondo, está su cueva. Limpia, linda y confortable. Donde se junta con los amigos músicos de siempre. A tocar el acordeón y la guitarra, charlar, comer, beber, reír, y sentir.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

«Acá lo fuerte son las fiestas que me pide la gente, con orquestas. A mí, vos lo sabes muy bien «Lobito», me encanta la música folclórica, conozco a todos los artistas de acá y de allá, como tu abuelo que era músico y le gustaba el folclore. Por eso hablábamos tardes enteras y estábamos en la misma sintonía».

«Cuando un restaurante funciona, significa una ayuda importante para que sobrevivan estos espacios sociales que en las últimas décadas sufrieron los vaivenes económicos de la Argentina. Un lugar que trae la gente ayuda a mantener las instalaciones en buen estado y atrae un público renovado, que muchas veces aprovecha también las opciones deportivas del club. Es una corriente de ida y vuelta, que mantiene vivo al club».

El restaurante La Herradura tiene una lógica familiar, donde abunda la comida a precio amigable y platos típicos que gustan y mucho. Como el club Hípico Concordia. Que verlo hoy, es algo realmente impresionante de ver crecer: Es realmente un vergel.

«Luli» ha enfrentado, y lo sigue haciendo, tremendos problemas de salud, ido y venido de Buenos Aires tantas veces, y la sigue luchando. Hay que estar con todos sus problemas internos y salir a comprar de mañana en su «cachila», organizar, limpiar, porcionar, estoquear, cocinar, servir, charlar, levantar, cobrar, lavar, y luego otra vez volver a arrancar. Día tras días, noche tras noches, sin interruptor, y con «su mochila a cuestas». Con el espíritu arriba, y las mismas ganas de vivir, trabajar, y dar un buen servicio de siempre.

«El Luli» Díaz, ya es uno de los grandes iconos del Hípico, como el salón, la pileta y el hipismo. Es, una institución, dentro de otra gran institución.

LA LEY DEL DEPORTE

Comentarios